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Blog de Historia del periodismo

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"Froteurismo": la mala costumbre de frotarse contra alguien sin su consentimiento

MADRID (19/11/2010). ©© Redacción de Historia del Periodismo (Equipo de RHP)

 

Te encuentras en medio de una aglomeración humana, ya sea el metro, el autobús, una manifestación, un concierto, una discoteca o algo similar. De pronto, notas algo "duro" frotándose contra tu cuerpo (generalmente, cerca de las nalgas). Pero la masa de gente se mueve y no puedes hacer nada: ni siquiera girarte para ver la cara del agresor; estás siendo víctima de un froteurista.

 

El froteurismo (del francés "frotteurisme") es una parafilia o el deseo recurrente de tocar o frotar los genitales contra el cuerpo de otra persona desconocida, sin su consentimiento. Dicho así, suena simple, pero si desempolvamos el clásico Libro de la vida sexual (1967) del psiquiatra Juan José López Ibor, comprobamos que este anómalo comportamiento es algo mucho más complejo: "En el frotteur se hallan en primer plano las percepciones táctiles, el sentir directamente contra su propio cuerpo otro cuerpo humano vivo, desconocido y en movimiento, su calor, su figura, etc. El frotteur busca aproximarse a un partenaire casualmente encontrado para rozarse contra su cuerpo".

 

Se trata, en cualquier caso, de una práctica muy antigua y extendida. Ya en 1886, el doctor Richard von Krafft-Ebing, pionero de la sexología y la medicina forense, apuntó varios casos de lo que él llamaba "frotismo" en su libro Psychopathia sexualis, por ejemplo, el de Z, un rico funcionario viudo con una singular debilidad: "durante años había sentido el impulso de adentrarse entre la muchedumbre de las iglesias, los teatros, etc; sentía el deseo de arrimarse a las mujeres por detrás y de manipular el bulto posterior de sus vestidos, lo que le producía una eyaculación y un orgasmo (...) Aunque sabía que dicho acto no estaba bien, Z no era capaz de aguantarse; sólo lo excitaban las mujeres por atrás y se veía obligado a buscar oportunidades para frotarse contra ellas (...) Poco le importaba si la mujer era vieja o joven, hermosa o fea. Desde que esto había comenzado, las relaciones sexuales naturales dejaron de interesarle y sus sueños se poblaron de escenas de frotismo ".

 

Los distintos perfiles de froteuristas:

Los froteuristas son casi siempre del género masculino y hay tantos tipos como individuos, pero grosso modo podríamos clasificarlos en seis grandes grupos:

 

  • Exclusivos: sólo consiguen excitarse practicando froteurismo.
  • No exclusivos: son capaces de tener relaciones normales y suelen tener pareja, pero a veces practican su vicio.
  • Parciales: sólo rozan un poco a su víctima, para excitarse, y luego rematan (o no) la faena en casa recordando la situación.
  • Completos: son más insistentes en su roce y tratan de llegar al orgasmo.
  • Selectivos: eligen mujeres de unas determinadas características, algunos incluso las prefieren acompañadas que solas.
  • No selectivos: lo importante para ellos es frotarse contra un ser humano vivo y les da igual la edad, el aspecto físico o incluso el sexo de su víctima.

 

"Arrimando la cebolleta":

Además de eufemismos, como "frottage" o "ponicionismo", para referise al "froteurismo" también se usa la expresión vulgar "arrimar la cebolleta". De ahí que a los señores que tienen esta fea costumbre se les conozca perniciosamente como "cebolletas" (el todo por la parte). Aunque muchos sexólogos afirman que el "froteurismo" es más propio de adolescentes o, como mucho, veinteañeros, la experiencia demuestra que los "cebolletas" más recurrentes suelen ser los señores de avanzada edad (de 60 para arriba), que normalmente vagabundean por las calles y las plazas y, cuando ven una aglomeración, se acercan a las mujeres para rozarlas con la zarpa o "arrimarles su paquete". Estos señores no son, por regla general, selectivos, y se rozan contra lo que se les pone a tiro: da igual que sean hombres, mujeres o niños, aunque sienten debilidad por las adolescentes de buen ver.

 

El kit esencial del cebolleta incluye un pantalón fino (preferentemente sin ropa interior), un bolso de caballero (para ocultar su virilidad si es sorprendido) y, en ocasiones, una videocámara para grabar sus fechorías, para después poder practicar el onanismo en casa. Los cebolletas no suelen ser denunciados: las víctimas consideran su comportamiento una simple "guarrada" y, por timidez o asco-pena, no denuncian a su agresor; en el mejor de los casos, se conforman con llamarle "viejo verde". Y él, a su vez, se escudará en la venerabilidad que le otorgan sus canas y en la eterna duda de las víctimas: ¿lo hizo aposta o fue sin querer?

 

Como quiera que sea, los lugares más afectados por el "froteurismo" son, por supuesto, los focos urbanitas superpoblados. En ciudades como México o Tokio, donde los transportes públicos son latas de sardinas, el "cebolleteo" se ha llegado a convertir en una costumbre tan extendida que han tenido que colocar señales prohibiéndolo; e incluso "se han habilitado vagones sólo para mujeres". No es una medida exagerada: dos tercios de las mujeres entre 20 y 30 años, que suelen utilizar el metro en Tokio, aseguran "haber sido molestadas en los vagones y que esta situación se ha vuelto muy incómoda".

 

 

 

En España, aún no hay vagones unisex y, en las horas punta, los "cebolletas" se ponen las botas bien puestas. Ahora que lo sabemos, tal vez, la próxima vez que queramos recorrer la ciudad, quizá, evitemos coger el metro y elijamos otro medio de transporte, aunque sea el coche de San Fernando ("unos ratitos a pie y otros andando) ♦

 

Otras fuentes e información relacionada en: ADN (autor: Luis Landeira).

 

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