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Blog de Historia del periodismo

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¿Por qué no existe tolerancia con las “ciencias alternativas”?

 

MADRID (24/2/2011). ©© Redacción de Historia del Periodismo (Equipo de RHP)

  

Hace unos días,  el asesor científico principal del gobierno británico, John Beddington, proponía en un artículo en el Research Professional que "la estrategia a seguir contra la difusión de las pseudociencias tenía que ser más crítica y dura" e incluso añadió que "socialmente, debería ser rechazada la defensa de estas pseudociencias al igual que rechazamos el racismo o la homofobia".

Dentro de la burbuja de Internet, donde todo lo discutimos como en un enorme Think-tank, parece haber un consenso mayoritario que suele ridiculizar la pseudociencia y a los que creen en ella; creándose así un nutrido grupo de internautas que se encarga de vez en cuando de "dar caña" a la medicina alternativa, como lo hacía XKCD en su viñeta titulada "el argumento económico".

 

Como quiera que sea, fuera de la burbuja cibernética la cosa es muy diferente, y la mayoría de los ciudadanos no percibe el "ente" llamado "pseudociencia", sino que piensa que existe un grupo de personas que, mostrando su disconformidad contra la malvada ciencia establecida que sólo dominan unos cuantos científicos elitistas, aboga por terapias e "ideas alternativas", que suelen ser "más naturales" y que supuestamente no obedecen a malvados intereses político-económicos.

Y es que, parece que algunas cosas como la homeopatía, el reiki, las "medicinas cuánticas" o las "bioenergías", entre otras disciplinas, no son más que una excusa para que en un salón de belleza nos cobren un poco más. De hecho, para muchos esta filosofía e ideas milenarias "llevan existiendo más tiempo que la propia ciencia", así que algo deberían tener de cierto y, por tanto, tendríamos que respetarlas porque supuestamente no hacen daño a nadie.

 

Sin embargo, no estamos ante una simple "reyerta" en el campo de la intelectualidad, entre lo que es la falsa "ciencia establecida" -como suelen llamarla despectivamente sus detractores-, en contra de un poder que aporta frescor y novedades. Se trata de algo mucho más importante: lo que funciona y lo que no es útil. No hay medias tintas. A la comunidad científica y sociedad civil le interesa tener algo de lo que poder fiarse, y por eso debemos ser muy estrictos en cuanto a la petición de pruebas y de resultados tangibles.

 

Por ejemplo, imaginemos que un señor por la calle nos vende por 20 euros una milagrosa piedra, que dice que "puede curar cura el cáncer". Si fuéramos médicos estaríamos encantados de probar su eficacia, para así poder erradicar esta terrible enfermedad. No obstante, lo que timo parece, con mucha frecuencia, suele serlo y aquí es donde entra en juego el escepticismo. Es decir, la idea de intentar probar algo hasta que podamos explicar si es posible que una simple piedra pueda resultar o no milagrosa. Para la ciencia siempre se es culpable, mientras no se demuestre lo contrario. Esto tiene mucha lógica, porque entonces no podríamos rechazar afirmaciones como "oye, en mi bolsillo tengo un unicornio rosa del tamaño de mi teléfono" con el argumento de "oye, si eso es cierto, ¡enséñamelo!". Ahí, es donde se vuelve precisamente útil la experimentación, ya que los expertos pueden aportar pruebas. Pero, en este punto es también donde las pseudociencias empiezan a salir con excusas de lo más variopintas.

 

Por un lado está la falacia del argumento económico, según pretende argüir el blog de Migui en “Por qué la homeopatía es un engaño”, donde, básicamente, se trata el tema de "la ciencia vendida a intereses económicos"; de que "las farmacéuticas son muy malvadas" y de que éstas -ávidas de dinero- "no quieren dar medicamentos que curen las enfermedades, sino más bien cronificarlas"; por ello, surge -como respuesta ante este ataque- la idea de que hacen falta adalides salvadores que pretenden darnos frasquitos que curan mágicamente, sólo por un módico precio".

 

Aunque, curiosamente, muchos de ellos ofrecen sus terapias alternativas a través de empresas farmacéuticas, que supuestamente buscan el lucro; y ellos, no?

 

Hoy en día, si una empresa invierte mensualmente millones de euros para fabricar medicamentos, obviamente, está en todo su derecho de lucrarse después. Pero, no olvidemos que gran parte de esa inversión suele estar destinada a superar ensayos y otras exigencias, antes de que un medicamente en mal estado pueda acabar en el mercado, por seguridad.

 

Asimismo, también nos encontramos con el argumento de las "ciencias antiguas". En esta categoría entran el "reiki", la "bioenergía" y todas esas parafernalias de rayitos azules y ondas cerebrales que nos hacen sentir "re-chupi", colocando los muebles de según qué manera o frotando unas piedras mientras recitamos un mantra. Estas suelen ser ciencias alternativas inocuas, porque, a fin de cuentas, únicamente, afectan a la persona que lo practica, y cada cual puede hacer lo que quiera con su dinero, siempre y cuando sepa que lo que está haciendo es folclore (un poco rarito, eso sí).

 

Pero, retomando el punto de vista anterior, ¿qué hay de la pseudociencia cuando puede dañar la integridad de las personas, por nuestra insensatez y por nuestra propia culpa? Sabemos que en casos de crisis personales, la gente se aferra a un clavo ardiendo en busca de esperanza y, en ocasiones, lo que nos salva es un consejo adecuado y responsable que puede cambiarlo todo.

 

Imaginemos, de nuevo, el ejemplo de la bolita que cura el cáncer. Si yo compro esa bolita y se la llevo a un amigo enfermo de cáncer y le doy esperanzas, a lo mejor esa persona sustituye su tratamiento o pierde unas semanas del mismo, por culpa de mi consejo. ¿Pensáis que esto es un argumento cogido con pinzas? Pues os informo de que hay hospitales que dicen curar el cáncer con homeopatía.

 

Es el caso del Hospital San José que en colaboración con el "Instituto Homeopático" ofrece consultas de "homeopatía especializadas para ayuda a personas con cáncer". Algunas repuestas o detalles los podemos encontrar en «Homeopatía contra el cáncer en Madrid: nadie protege a los enfermos oncológicos de la charlatanería», un artículo de Luis Alfonso Gámez (Magonia, febrero de 2011).

 

La persona que tenga la mala fortuna de pensar que puede evitar la molesta quimioterapia o radioterapia, en favor de la homeopatía, puede perder días o semanas que pueden ser la diferencia entre sobrevivir o no a la enfermedad. Esto, señores míos, es de extrema gravedad; porque estas cosas, en parte, están siendo financiadas con dinero público, y pagadas por todos. Y si no endurecemos nuestro discurso y no desvelamos los nombres de quienes pretenden lucrarse a toda costa, engañando a pacientes enfermos de cáncer, estaremos perdiendo cualquier tipo de legitimidad moral.

 

Es nuestra obligación, por tanto, evitar que estas personas no consigan que su discurso "buenrollista" y "sibilino" tape la voz de la cordura y de la experiencia. Porque amigos, la ciencia (y la medicina en concreto) no es infinitamente poderosa pero sabemos que su método funciona y que es el camino adecuado a seguir, y si no se invirtiera tanto dinero en ella, hoy el cáncer seguiría siendo sinónimo de condena a muerte y ya, por fortuna, no lo es en muchos casos. Y todo gracias a la prevención y a los procedimientos que ha ido sugiriendo la investigación científica, y no la pseudociencia.

 

En cambio, la medicina alternativa no tiene ninguna clase de argumento que pueda esgrimir a su favor, salvo establecer una falsa duda razonable, pidiendo a la desesperada una oportunidad o basándose en que la ciencia no lo sabe todo para hacernos creer que ahí tienen un hueco para actuar. Y es que, si fuera tan fácil, y si las pseudociencias realmente funcionaran, no serían pseudociencias.

 

Así que, no es extraño que muchos puedan estar completamente de acuerdo con el señor Beddington. No se trata de una cuestión de respeto. De hecho, el respeto quien lo ha perdido es quien, desde el primer momento, no tiene escrúpulos para estafar a la gente con tal de lucrarse. Esto es por tanto una llamada a la sensatez que pueda impedir que el miedo se adueñe del discurso; e impedir que se envuelva la verdad que es clara y concisa, con  ponzoña, a la que sólo puede darse una interpretación subjetiva.

 

Y que nadie malinterprete este razonamiento e ideas. A todos nos gustaría que bebiéndonos un frasquito homeopático pudiéramos curar cualquier cosa. Sería el sueño de cualquier persona que tiene una enfermedad terminal o dolores diarios, ¿verdad? Pero, por desgracia esto no es así. Por eso, tenemos que ser duros e intentar que nadie con verborrea consiga desplazar el discurso de la sensatez, porque solamente con la sensatez y la investigación se consiguen cosas.

 

Así que, debemos atravesar la burbuja de la que hablábamos al principio, y sin tener suficientes conocimientos, basta con aplicar la sensatez y, ante una proposición pseudocientífica, tenemos que plantearnos desde el principio la duda escéptica y si no hay pruebas o nos tachan de reaccionarios, sabremos que en realidad hemos descubierto a un "magufo". Y ojo, no todos tienen culpa de serlo. Algunas personas lo son simplemente porque necesitan creer en algo y no se dan cuenta de las consecuencias negativas del engaño masivo en el que participan.

 

Recordad un truco que funciona siempre y que es aplicable a cualquier ciencia (no solo a la médica): la ciencia alternativa que funciona, se llama "ciencia" a secas ♦

 

Otras fuentes e información relacionada en: La Web de Migui.

 

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